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El Monte

Arriba en el monte la encina atesora su espacio vital, centinela milenaria, observa el paso del tiempo impertérrita, como si con ella no fuera el devenir de los tiempos. Aferrada a una pizca de tierra entre las rocas, conquista cada rincón que se le ofrece.
Nadie puede con ella, pues de su existencia depende el ser que puede destruirla.
Cada año, en otoño, las semillas de esta estoica planta vuelven alimentar a la fauna que merodea sus entrañas. Corzos, jabalís, urracas, ardillas y un sinfín de animalejos adoran las bellotas tan nutritivas para el transcurso del invierno. Sus raíces, exploradoras y atrevidas, se asocian con ricos y apreciados hogos como la trufa.
En su imperio da cobijo al esqueno, juniperus communis, nombre vernáculo a defender como propio, que armado con dagas produce un fruto utilizado para hacer la ginebra.
Estepas, tomillos, cantueso, hilagas y espliego conforman el séquito aromático de la encina.
Abajo el valle, fincas domesticadas de colores pardos, rojos, blancos y cremas, que esperan el paso de los caballos de hierro para hacer crecer un cereal escuálido que grana el año que los cielos le acompañan.
Hacia el levante, un páramo calizo de terrenos baldíos, son perseguidos por encinas y quejigos pero que el pino con la ayuda del brazo humano ha conquistado.

El dalle, herramienta del segador, aterrorizó a la hierba de la pradera. Agosteros de otros pueblos se daban cita para segar y recoger la mies que luego servía de alimento a las reses durante el invierno. A la entrada del pueblo, las eras lugar en donde se llevaba a cabo la laboriosa tarea de la  trilla.
Riscos Peñadobes

Escondido entre la frondosidad del encinar aparece el valle los riscos Peñadobes. Un cortado que discurre de levante a poniente de apenas medio kilómetro nos descubre la capacidad erosiva de los agentes atmosféricos. Entre piedras que se han desprendido del roquedo y por una senda que discurre por el valle, el que se asoma a ver este singular espacio, no se marcha indiferente. Riscos alzándose hacia el cielo, cuevas refugio de animales, peñas altivas, encinas cómplices de la historia, leyendas, rituales…. envuelven los misterios de los Riscos Peñadobes.  En la cercana localidad de Revilla del Campo se le conoce al paraje como desfiladero de los Castros. Ambos nombres hacen referencia posiblemente a la existencia de un poblado celta que se asentó en estas peñas.

Para acceder desde la localidad de Quintanalara hay que llegar al pueblo y tras pasarle se coge un camino que discurre a media ladera entre fincas de labor. Tras un par de kilómetros se gira hacia la izquierda y te encara hacia en valle en el que se encuentra este bonito paisaje. A parte de su espectacular belleza el lugar es el refugio de numerosas aves rupícolas que anidan entre sus rocas, por lo que se aconseja que el que se acerque a visitarlo lo haga con el mayor respeto al entorno y a los animales que allí se encuentran.

 

Fuente Tabladillo

Enclavada en el lugar en donde hace varios cientos de años se asentaba el despoblado que lleva su nombre, este potente manantial es uno de los nacimientos del río Ausín. Situado entre las localidades de Quintanalara y Revilla del Campo se accede a ella por el camino parcelario que une los dos pueblos. En la actualidad existe a su alrededor una zona de ocio.

Cantohincao

Una piedra puesta de pie en medio de un encinar puede no decir nada o si. Curioso lugar al menos. A su alrededor, no hay vegetación. Parece que alguien la puso ahí por algo. Quizá un enterramiento megalítico, un mojón, o sin más un pastor quiso hacer la gracia. Lo cierto es que de tiempo inmemorial ha estado así. Incluso cuentan que una vez los mozos envalentonados por la bebida de Baco la tumbaron. Tras conocerse el sacrilegio no tardaron en levantarla bajo pena de expulsión del pueblo. Puede que sea un cruce entre las líneas Hartmann. Quien sabe.

Truficultura

Tuber melanosporum, Tuber aestivales, Tuber rufum… este género de hongos es propio de terrenos calizos como el de Quintanalara. Sin embargo y a pesar de los esfuerzos que otras administraciones han hecho para incentivar el cultivo de la trufa, en Castilla y León no ha habido ninguna intención para conseguir desarrollar esta alternativa a la agricultura convencional. Pero en Quintanalara se ha apostado por ello. Una plantación de cuatro hectáreas espera su travesía para demostrar que esta posibilidad puede ser válida.

 

Camino de San Olav

El camino de San Olav, atraviesa el pueblo de Quintanalara, procedente de la catedral de Burgos, en dirección a la capilla del santo noruego localizada en Covarrubias. Entra por Revilla del Camuo y tras pasar por la Fuente de Tabladillo llega al pueblo por el camino de concentración parcelaria. Atravesado el pueblo por la calle San Cristóbal sube al monte por el alto de la Isanueva, para seguir por el encinar y llegar a  Cubillo del Cesar.

Artesanos bajo teja

Puertas abiertas de las Iglesias

Subida al Castillo

Cptos. Comarcales

Día del Alfoz