El aislamiento, casi el olvido, ha dejado su marca en Teruel. En muchas zonas de la provincia el desierto se impone a fuerza de soledad y abandono. Como una enfermedad.

Es un mal común en España. Los territorios del interior añoran los días de siegas y trillos, los tiempos en los que los niños llenaban de bullicio el patio de la escuela y en las mesas de la cantina se cantaban “las cuarenta”. Ahora solo quedan unos cuantos viejos paseando sus recuerdos por las callejas vacías. O no queda nada.

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